jueves, 7 de junio de 2012

¿Quiénes están indignados con Humala?

Columna de Patricia Del Río para El Comercio


Indignados marca Perú


Recuerdo que al día siguiente del triunfo de Ollanta Humala como presidente de la República me preguntaron cuál era el peor peligro de su gobierno. Mi respuesta fue: “que no cambie nada. Que coloque piloto automático y una vez más las expectativas embalsadas de una gran parte de la población que confió en él se queden frustradas”. Ya lo había hecho Alan García al pasar de su cambio responsable, al Perro del Hortelano, y estaba claro que un importante sector de peruanos, por lo menos el 30% que votó por el candidato nacionalista en primera vuelta, quería algo distinto. La pregunta es ¿lo están consiguiendo? ¿Encuentra ese poblador del sur, de Espinar o de Cajamarca en el actual gobierno la opción preocupada por los más pobres por la cual votó?


A juzgar por la indignación de los pobladores que protagonizan las protestas, no. Más allá de los radicales que siempre buscan pescar en río revuelto, es estúpido negar que existe una población muy molesta porque ha visto sus esperanzas irse al traste. El día que salió Ollanta Humala a decir “Conga Va” frente a un pueblo al que él mismo le había vendido la idea de que había que optar entre el agua y el oro, algo demasiado fundamental se fue al demonio en la relación Presidente – Electores que ni el ceño fruncido de militar de Olanta Humala, ni la dulce sonrisa de Nadine están en condiciones de recomponer.
Es verdad que hay una preocupación de este gobierno por contrarrestar su giro a la derecha en materia económica con programas sociales más eficientes; y tampoco podemos negar que el presidente se esmera viajando por el Perú profundo y poniéndose todos los trajes típicos que los pobladores le ofrecen. La pregunta es por qué a él no le funciona lo que a Fujimori le salía regio. Por qué a Alan le fue más sencillo saltar del cambio responsable al ¡¡¡Perú Avanzaaa!!! sin necesidad de moverse de Palacio. Creo que en el caso Ollanta se juntan algunos factores fundamentales que se están subestimando: en primer lugar, este ya no es un país sumido en una crisis insoportable como la de los noventa; por lo tanto los pobladores ya no están dispuestos a tranzar por un plato de lentejas o la construcción de una acequia; y reclaman mucho más que presencia y bailecitos. En segundo lugar, esos peruanos de los sitios más pobres del Perú con mayor actividad minera como Andahuaylas o Cajamarca, o Espinar vienen apoyando a Humala desde las elecciones del 2006, y saben muy bien lo que esperaban de él.


Y creo que este es el punto más sensible. No se trata, como en el caso de García de un presidente que enfrenta la furia de un sur que nunca lo quiso y ganó la presidencia con votos mayoritariamente urbanos y costeños, más proclives a asimilar la fábula del perro del hortelano. No son en este caso los electores de Keiko los que están molestos con Humala. Los que están furiosos, los indignados marca Perú, esos que Ollanta hoy llama con tanta ligereza “los radicales”, han sido sus fieles seguidores, su sólida base que lo colocó casi en silencio en primera vuelta, y que ahora no se van a dejar engatusar con el cuento de que tambiéeennn vieeene la gran transformación.

jueves, 17 de mayo de 2012

Gritos del silencio

Columna de Patricia del Rio para El Comercio

En la comunicación a veces olvidamos que el silencio puede ser tan elocuente como las palabras. Lo que decimos nos define, nos revela ante los otros, pero aquello que callamos también lo hace. Sobre todo cuando se trata de aspectos fundamentales sobre los que deberíamos pronunciarnos. Porque el que calla no solo otorga, a veces esconde, a veces niega, también defiende y frecuentemente apaña.

Siempre he pensado que mi distanciamiento de la Iglesia Católica, más que de la religión, ha tenido que ver con contradicciones entre lo que sus autoridades o estatutos señalan y lo que los seres humanos necesitan. Su sanción al amor entre personas del mismo sexo a quienes consideran enfermos, su satanización del placer casi en todas sus formas, sobre todo sexuales; su apego a las formas y ritos y su desapego del alma, y la culpa… la asquerosa culpa como mecanismo de sometimiento. Sin embargo, de un tiempo a esta parte, creo que más grave me parece aquello sobre lo que la iglesia ha decidido callar.


La Iglesia Católica, a la que se supone pertenece más del 90 por ciento de nuestra población, no tiene pronunciamientos firmes contra la discriminación. No hay campañas al respecto. Nunca he visto al cardenal Juan Luis Cipriani indignarse por los miles de casos de racismo en el Perú. Tampoco lo he escuchado llamarle la atención a uno de esos feligreses que llevan a sus empleadas a misa pero las hacen sentarse en las bancas de atrás. Jamás ha señalado que es un despropósito que para casarte por religioso en determinados templos lindos de San Isidro, Miraflores y el Cercado de Lima hay que pagar más de 500 o 700 dólares. Porque el sacramento del matrimonio será obligatorio, pero la ceremonia nice está reservada solo para los que tienen plata.



La cantidad de horas hombre que invierte el cardenal Juan Luis Cipriani para hablar de líos legales con la Universidad Católica, o de las Fuerzas Armadas, o de lo comandos Chavín de Huántar, bien valdría la pena que los dedicara a pronunciarse en contra de la violencia que sufren las mujeres o el maltrato del que son víctimas los niños. Pero no. En menos de dos semanas hemos escuchado a monseñor Bambarén pedir la pena de muerte para terroristas sin se escandalice por un pedido que contraviene los principios básicos de la Iglesia y también hemos asistido espantados a la confesión de un cura que violó a un muchacho de 14 años sin que el tema ameritara más pronunciamiento que un frío comunicado. Ya hubiera querido el escolar que el primado de la Iglesia se hubiera indignado con la virulencia que sí le suscita la interpretación del testamento de Riva Agüero sobre los bienes de la PUCP.

Por eso resulta inaceptable la decisión del arzobispado de impedirle al padre Gastón Garatea que oficie misa en Lima. Por eso resulta indignante que a Garatea, una de esas voces limpias en la Iglesia, uno de esos líderes espirituales que hacen que uno recuerde que la religión católica es hija de la misericordia y no de la soberbia pretendan silenciarlo. Porque a Gastón Garatea no lo están callando por lo que suele decir, lo están castigando porque sus palabras ponen en evidencia la prepotencia de los que se escudan en el silencio.