Se gasta demasiado tiempo, pelo y baba en el asunto del examen toxicológico. No digo que no sea importante, porque de hecho la prueba permite constatar la coherencia de un candidato respecto, por ejemplo, de su política antinarcóticos. Sin embargo, el modo gaseoso y desprolijo en que se ha planteado –sin un pacto unánime de por medio– transforma la iniciativa en un chiste.

La única que ha acudido a un laboratorio para someterse por propia voluntad al rigor del examen es Keiko Fujimori. Chanconísima, la candidata de Fuerza 2011 nos ha mostrado las pruebas y rápidamente se ha desmarcado del resto del pelotón, que se ha quedado en la floritura, la pose y la amenaza. [Digamos también que a Keiko le conviene el show, porque el gobierno de su padre tuvo tantos lazos con el narcotráfico que es lógico que ella quiera marcar una necesaria distancia] Luis Castañeda, pareciendo el más preocupado en el tema, es acaso el menos serio. Se cortó un mechoncito, se lo entregó a la carrera a un reportero de televisión y se olvidó del asunto, aún a sabiendas de que el mentado análisis es un bastante más complejo que eso.
Luego está Kuczynski, que jura que sí se hará el toxicológico y pide a gritos –no sabemos a quién– que le diga el día, la hora y el lugar para practicárselo. ¿De verdad necesita esa información? ¿No será que esa declaración es puro populismo para salir del paso? ¿No será que le da flojera? Además, PPK resalta su disposición con el mismo énfasis con que asegura que ya está tramitando su renuncia a la nacionalidad norteamericana: trámite del cual no sabemos nada.
El más chicha, como siempre, es el contradictorio Alejandro Toledo. Primero, necio, dijo que no “se prestará a ese circo”. Después, haciendo una engolada concesión, accedió: “Conmigo lo que quieran, yo tengo transparencia”. Ayer, sin embargo, canceló todo de un porrazo. “Yo no entro a ese juego”, le respondió tajante a Rosa María Palacios. Su oposición, desde luego, invita a la sospecha. Más aún cuando su ex amigo Máximo San Román –docto en el arte de preparar café y cortar salame– reveló haberlo visto “coqueado” en las instalaciones del Apart Hotel Melody.
Desde la orilla de enfrente, con su cara de palo, Ollanta se burla de todos y les exige, no análisis médicos, sino pruebas de amor al Perú. Digamos que para Humala el toxicológico vale lo mismo que los derechos humanos para Cipriani: una cojudez.
Si existiera auténtica voluntad de someterse a la prueba, los candidatos lo habrían hecho hace días. O lo estarían haciendo hoy, ahora mismo, mientras usted lee esta columna. Sin embargo, no lo hacen porque entrar en amagues es una buena estrategia para figurar, provocar titulares y disminuir todavía más el nivel de ideas de la campaña. La única que ha cumplido, sea por el motivo que fuere, es la hija del dictador.
El tiempo y energía invertidos en esta suerte de desafío capilar –así como el arresto y empeño utilizados para formalizar ese saludo a la bandera que es la presentación de cuentas y bienes ante el Jurado– deberían emplearse para discutir, por ejemplo, qué hacer, pero en serio, para proteger a los tres mil niños que son violados cada año. El tema no está en agenda, pero debería.
Lamentablemente, cálculo que ningún candidato hará suyo ese problema, ninguno lo abordará con decisión. El tema de moda es cortarse los mechones y, con ese pretexto, nos están tomando el pelo.
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