No sé cómo explicarlo. A mí Lourdes me cae bien. Creo en sus buenas intenciones. De verdad. Muestra de ello es que, en el pasado, en las elecciones de 2001, verbigracia, voté por ella. Y, como en otras ocasiones, justifiqué mi decisión. Voté por Lourdes porque me parecía honesta, íntegra, transparente. De credenciales democráticas impecables. O algo así, dije entonces. Y porque estuvo entre las que luchó tenazmente por la recuperación de la democracia, a diferencia de Alejandro Toledo, que fue un aupado en la hora nona. Sin embargo, y pese a ello, le endilgaron el mote de “fujimorista”. Lo curioso es que, sin serlo, uno de sus tantos extravíos en aquella campaña fue que desdeñó el sambenito, lo dejó correr, permitió que se expandiera como una plaga, y luego fue muy tarde para hacer notar que dicha percepción no era real. Otro despiste fatal fue su incapacidad para colocar una sola idea en el electorado. Sus mensajes jamás calaron, por gaseosos y etéreos. Y nunca se le vio rodeada de nadie, dando a entender que estaba más sola que la una. Fue aquella vez en que armó una plancha que parecía un chiste, con un vicepresidente que encarnaba todo lo opuesto a lo que la candidata predicaba. Fue cuando se olvidó también de obsequiarle a su padre una buena dosis de fenobarbital.
Más tarde, en 2006, debió aprender de sus desatinos. Pero no. Pecó de reincidente.
Perpetró el craso equívoco de escoger como vicepresidente a un alfil de Dionisio Romero, dándole pie al Apra para que le zampe la chapa de “candidata de los ricos”, y no hizo nada por desmentirlo. Por el contrario, apareció sonriente remojándose en piscinas, alimentando de esa manera el remoquete. No fue prolija en la selección de sus acompañantes. Incluso a una de sus postulantes al Parlamento le encontraron en el cajón de su escritorio 44 millones de soles, que, según la Policía, se iban a utilizar para comprar droga. Y el resto, por Crom, el resto parecía un parque temático de la incompetencia. Se alió, en buena cuenta, con impresentables que, en vez de sumarle puntos, le restaron. De esa forma, como lo hace ahora, se zurró en las críticas y advertencias, justificó lo injustificable, y minimizó las evidentes barbaridades, y ese solo hecho, el de la negación, se convirtió así en otro yerro de su campañ a, metiendo la pata, una vez más, hasta los corvejones. Lo más delirante es que, sus correligionarios de otrora y de ahora, le hicieron creer que su principal traspié fue ir al programa de Jaime Bayly, en el que, contrariamente a lo que le han tatuado en la mente, estuvo muy bien. Su presencia en El Francotirador la humanizó, la hizo más cercana a los electores, destacó su condición de mujer correcta y preparada, aunque mostró también su lado cándido, en plan Inspector Clouseau.Y hogaño, a dos domingos de las elecciones, teniendo todas las posibilidades de ganar holgadamente y rectificar rumbos y mostrarse como toda una pantera política, las burradas que saturan su biografía afloraron nuevamente. Y con roche. Empezó bien con el ‘rayado’ de cancha, cuando el partido era contra Kouri. Pero cuando quiso hacerlo nuevamente contra Susana, frunciendo el ceño y mostrando su cara más derechosa, lanzó un bumerán. Le hizo caso a los peores consejos, que provenían de su entorno más cavernario y de los medios más sectarios e intolerantes. Metió en su lista al hijo del alcalde Castañeda, a quien persiguen los fantasmas de Comunicore y la Línea Amarilla, levantando sospechas de que, si gana, su gestión será blandengue para fiscalizar. Y mientras que su competidora andaba en combi o en taxi, ella prefirió hacerlo en la blanquísima todoterreno que le dio Cataño. Pero su mal paso más notable fue, sin duda, no acudir al espacio de Bayly. Para que aclarara lo de los emolumentos controversiales. Para desmarcarse de sus dislates. Para demostrar, ahora sí, que era capaz de enmendar sus desaciertos. Para dar la cara, vamos. Pero no. “La sindéresis no es una de las virtudes de Lourdes, lamentablemente”, como le dijo Juan Carlos Tafur a Rosa María Palacios. Tal cual.
Porque no puede ser que, para la entrañable Lourdes cada elección sea como la metáfora de la espada artúrica, que aguarda a quien sea capaz de sacarla de la roca. Pero es así. Mírenla, si no. Le va como el culo. Pese a que Merlín, que imagino con la cara de Barrón, le grita: “¡Concéntrate, Lulú, concéntrate!”. La otra, nada. Se la pasa profundizando en los gazapos del pasado y explorando torpezas innovadoras. Es el Método Lourdes, señores. Que es como la Ley de Murphy. O algo así.
No hay comentarios:
Publicar un comentario